Anécdota: El señor de los botes de agua

En Sabinas Hidalgo, Nuevo León, lugar donde vivo, el beisbol llegó aproximadamente en 1914, desde entonces se han jugado gran cantidad de juegos informales así como torneos organizados, y por supuesto, como en cualquier parte, se han presentado numerosas anécdotas que nos sacan una sonrisa o carcajada.

El profesor Benito López Valadez (1936-2007), elaboró una enciclopedia del deporte en nuestro municipio, y en ella incluyó las anécdotas que recogió a través de los años, muchas de ellas del Rey de los Deportes, que hemos publicado en nuestro sitio hermano Sabinas Hidalgo .net, siendo una de ellas la que viene a continuación.

El equipo de beisbol “Cienfuegos”, dirigido por Romualdo Alejandro Cantú y que jugaron en el terreno situado frente a la casa del profesor Panchito.

Algunos de sus integrantes fueron: José Ríos, José López, Francisco Hernández Garza, José María Nery Acevedo, Armando Nery Acevedo, Héctor Benito Ríos Flores, Benito López Valadez, Valdemar Elizondo, Rubén Helio Mascareñas Valadez, José Ramírez Simentales, Antonio Guajardo, Cesáreo Ortiz García, Ramón Mireles, Manuel Carrillo Santillán, Rubén Eugenio Solís Montemayor, Jesús Hernández, Rogelio Santos Guzmán, Jaime Garza Chapa, Miguel Ángel Solís Montemayor, Alfonso Sáenz Garza, Abelardo Ramos Espinosa, Juan Pablo Chapa Garza, Basilio Reyna Lozano, Roberto Ibarra Sánchez.

Este equipo “Cienfuegos”, no ganó ni un juego, su nombre lo tomó Romualdo Alejandro Cantú de un equipo cubano. Se jugó de 1948 a 1951 más o menos. Cada jugador aportaba una pequeña cantidad semanal para solventar los gastos del equipo. Se sostuvieron partidos contra los equipos de la Carretera y los Tiburones, lo que tenían jugadores más experimentados. Don Juan Lowth, era el carpintero que torneaba los bates por la calle Lerdo de Tejada entre Allende y Ocampo y por el lado oriente tenía su taller.

En una ocasión, Romualdo Alejandro fue al Ojo de Agua y cortó un trozo de Chapote y fue con el carpintero Don Cheo y le torneó un pesado bate que tendría un mal final, como se comentará más adelante. En ese tiempo, era común que cada equipo hiciera o confeccionara su propia pelota. Se conseguía primeramente una pelotita de hule que se ponía en el centro. Luego se le buscaba y encontraba el hilo a una media y, se le daba vueltas hasta darle el tamaño deseado.

Luego se cortaban dos vaquetas, que a veces se tomaban de zapatos viejos, se les daba la forma y empezaba el ritual del cosido. Éste se hacía con dos agujas con hilo de cáñamo y al final se le pasaba una cera para hacer la costura más resistente a la tierra y piedras del terreno, esta tarea la repetía Romualdo y cada manager, una y cuantas veces fuere necesario. Tal vez se vendían pelotas nuevas, pero no había dinero para adquirirlas.

Se entrenaba toda la semana y el sábado por la tarde Romualdo les untaba un aceitillo a los guantes que el profesor Jorge Mascareñas Valadez les había obsequiado, y que debían quedar listos para el juego del domingo. También se recuerda que Francisco Hernández Garza consiguió algunos guantes.

En una ocasión iba ganando el equipo, que era cosa rara. La pizarra marcaba 2 a 1, ó 3 a 2, ya no se recuerda. Y había una llave colectiva de agua afuera por la calle Mina, enfrente de la casa del profesor Panchito, casi en la misma esquina, de allí se surtían los pocos vecinos que en ese entonces habitaban por ese rumbo. De pilón, había un corredor en las bases.

Sale un batazo amenazando con volarse la cerca del profesor Panchito, que era de palos de barreta y ramas, y sin pensarlo 2 veces, Benito, que jugaba el jardín derecho y Chema Nery el centro, se le pegaron como tábanos y de repente ¡Zas!, un viejito que venía con 2 tinas de agua colgadas de un palo que traía sobre sus hombros, y con dirección al norte, lo voltearon al revés, le tiraron el agua y el viejito, que arremete contra los fildeadores quienes no sentían lo duro, sino lo tupido de los golpes.

Mientras tanto los corredores parecían liebres, y los jugadores del equipo “Cienfuegos” gritaban: “la bola, la bola”, y la bola permanecía sobre la cerca, que no fue home run, pero sí fue home run de campo.

Por sabido se calla, el juego se perdió por una carrera y los fildeadores tuvieron que regresar a la esquina del profesor Panchito y llenarle nuevamente una tina cada uno de agua. Mientras sus compañeros se lamentaban de la suerte trágica y que les empañó un triunfo que ya saboreaban.

Si usted recuerda o tiene una anécdota que quisiera compartir, envíela a nuestro correo electrónico y con todo gusto la publicamos.

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