Juan Sandoval, pitcher de Diablos Rojos del México

Juan Sandoval, fortaleza en el diamante

Juan Sandoval, pitcher de Diablos Rojos del México

Juan Sandoval.

México, D.F. (lmb.com.mx/Gabriel Medina) 12 de abril.- Juan Sandoval sabe -mejor que nadie- lo que es estar en el lugar correcto, a la hora correcta. A la par, conoce la otra cara de la moneda, la que el destino le mostró en 2006, cuando el perdigón de una escopeta le dejó sin visión el ojo derecho.

La temporada pasada de la Liga Mexicana de Beisbol, la de su estreno en el circuito, el pitcher dominicano fue cambiado de Diablos Rojos a Tigres, lo que significó un movimiento maestro y acertado para su trayectoria. Con tino, se encontró con el vértice de la fortuna. Llegó a la organización felina para enfrentar en la Serie del Rey a sus excompañeros y proclamarse campeón de la LMB. Lugar adecuado y hora adecuada.

“Me siento muy halagado de que estas dos grandes organizaciones de la LMB hayan puesto los ojos en mí”, reconoce Sandoval en la caseta de los Diablos Rojos, equipo al que retornó para este 2012.

“Creo que pocos pueden presumir estar con estos dos equipos y más como fue mi caso en 2011, cuando fui cambiado para ganar un título, el primero de mi carrera, y ahora volver a Diablos”, subraya.

El beisbol marcó su vida desde la infancia. La pelota, religión en su tierra natal, lo atrapó desde chico, cuando nutría sus sueños al ver triunfar a Pedro Martínez y Sammy Sosa en las Grandes Ligas.

“Siempre quise ser beisbolista, sabía que tenía talento en la lomita, y me encaminé para ser pitcher”, recuerda Sandoval, quien fue firmado en 2001 por los Marineros de Seattle, mismo año en que emprendió el camino que conduce a las Ligas Mayores.

En 2006, previo a reportar a los campos de entrenamiento, se encontró con el vértice del infortunio. En el lugar equivocado, a la hora equivocada.

“Estaba en una cena con mi prometida, ahora mi esposa, y familiares; de pronto, el hombre de seguridad del local tuvo una discusión con alguien que estaba borracho. A mi derecha se soltó un tiro de escopeta hacia el suelo y regó perdigones, municiones que afectaron el lado derecho de mi cuerpo. En realidad son pequeñas partículas que solamente queman, pero el ojo es muy delicado y un perdigón me lo dañó, perdí la vista”, relata con firmeza el episodio.

“Todo pasa para bien, Dios trabaja de manera extraña para la gente, pero más adelante uno se da cuenta de por qué hace las cosas”, matiza con optimismo y recalca que no puso cargos contra la persona que disparó aquella noche de 2006.

En 2007 nuevamente recibió la oportunidad por parte Seattle y un año más tarde de Milwaukee. No alcanzó la Gran Carpa. “Me faltó más trabajo y quizá un poco más de suerte, pero nada tuvo que ver el accidente, eso no es pretexto”, asume.

“Actualmente, al beisbol lo veo igual con uno que con dos ojos, es mi gran pasión. Incluso, cuando salto a la loma me olvido del problema”, asegura el serpentinero, quien carece de profundidad en su campo visual, es decir, no distingue qué tan lejos o cerca están los objetos.

“Eso no impide que tire strikes, puedo hacerlo todo, reaccionar ante batazos fuertes, puedo cuidar a los corredores, en primera y en segunda no hay problema, ya los de tercera que se cuiden solos”, remata entre risas.

El derecho terminó el 2011 con récord de 3-7 en 62 juegos entre los escarlata y los campeones felinos. Con los Diablos capitalizó dos de nueve oportunidades de salvamento; sin embargo, tras su cambio a Tigres, como preparador, lució sólido en 27 relevos con promedio de 2.48 en carreras limpias admitidas.

Hasta antes del arranque de la serie frente a Vaqueros Laguna, su récord con los pingos es de 1-1 con 2.45 de efectividad, en siete salidas. “Si pudiera volver el tiempo atrás no cambiaría nada, por delante queda mucho Sandoval”, concluye.

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